Puede ser que, desde hace un tiempo, estén pasando por tu cabeza algunas ideas recurrentes: hacerte un “touch” en las lolas, o una “minilipo” en las piernas o un “toquecito” en la nariz. Si éste es tu caso, te sugerimos −primero− que te fijes en lo que decís. Mejor dicho: en cómo lo decís. Prestá atención a esas estrategias a las que nuestro cerebro recurre a la hora de convencernos de algo. En ese sentido, el uso de diminutivos es clarísimo. Decimos que vamos a hacernos “una pavadita”, una “cosita de nada” o bien nos ponemos angloparlantes y abusamos del “touch” para evitar mencionar lo que no nos gusta. Pero, a no engañarse: al menos hasta ahora, todo cambio estético radical (pasar de narigona a naricita, de tabla de planchar a pechugona de chiflar) implica cortes, sangre, suturas y dolor. Además de algunos riesgos más graves, en el caso de no haber tomado ciertos recaudos. ¿Cómo cuáles? Para empezar, no te tragues el anzuelo del bajo costo. ¿Por qué? Porque cada intervención presupone ambientes especiales (tales como quirófanos, salas de recuperación postanestesia, etcétera), insumos a precio dólar y equipos de profesionales que tasan (y muy bien) sus servicios.
El cirujano plástico Andrés Castro explica: “Hoy, alquilar un quirófano por una hora está en el orden de los mil dólares, por ejemplo. A eso hay que sumarle los honorarios del anestesista, del cirujano y de los asistentes que lo acompañan”, precisa. En materia de medicina estética, un precio bajo suele ser la antesala de un cambio mínimo, cuando no trágico.
Si pudiera hablar, Alicia Romagnoli de Piagentini podría dar fe de eso. El 15 de agosto de 1996 viajó de Santa Fe a Buenos Aires, se internó en una reconocida clínica y se puso en manos de uno de los profesionales más famosos del país. La idea: realizarse una cirugía múltiple, que incluía lifting, retoque de nariz, mentón y párpados, y hasta una “lipo” en las piernas. La intervención, que debía durar cuatro horas, terminó extendiéndose a seis. Cuando finalmente salió del quirófano, sufrió un paro cardiorrespiratorio. Para ese entonces, ni el cirujano ni el anestesista estaban en la clínica, y ocurrió lo peor: Alicia quedó cuadripléjica. El médico fue condenado por negligencia y estuvo un año y medio sin ejercer su profesión, aunque hoy atiende consultas y hasta volvió a realizar intervenciones. Alicia, en tanto, sigue sin poder hablar, ni moverse, prisionera en su silla de ruedas.
Una buena regla para protegerte de los resultados nefastos es: si es demasiado barato, empezá a desconfiar. El cirujano plástico Jorge Patané, jefe de cirugía plástica del Hospital Fernández y ex presidente la Sociedad de Cirugía Plástica de Buenos Aires (SACBA), confirma esta idea: “Un precio excesivamente bajo puede estar anticipando rellenos de mala calidad, implantes no muy buenos y lugares de intervención que no poseen las condiciones mínimas de seguridad requeridas”.
Verdades al desnudo
La cirugía estética es un campo en el que la especialización y la actualización permanentes de quienes la ejercen son requisitos indispensables para lograr buenos resultados. Eso hace que los verdaderos expertos no sean tantos como, en principio, podrías imaginar. Pero hay algo todavía más grave: en los últimos años se han multiplicado los falsos especialistas. El cirujano plástico Sergio Korzín, de la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica, Estética y Reparadora (SACPER), explica el porqué: “En la raíz de todo esto hay un tema claramente económico. Un dermatólogo quizá cobra 35 pesos la consulta, y está más de media hora revisando al paciente. Sin embargo, si ese mismo médico se pone a hacer rellenos faciales, por ejemplo, sus ingresos serán mucho mayores. Frente a esto, muchos ni lo dudan y se pasan al campo estético”, afirma.
El cirujano plástico Guillermo Blugerman, titular de la Clínica B&S, afirma: “Desde hace aproximadamente cinco años, sobre todo a raíz de ciertos programas televisivos relacionados con la cirugía plástica, la gente comenzó a perderle un poco el miedo a esta clase de intervenciones”, explica. “Está más y mejor informada, y por eso ha desmitificado un poco la operación en sí, con lo bueno y con lo malo que esto acarrea”. El especialista se refiere, concretamente, a una tendencia a minimizar los riesgos (y también los recaudos) que involucra una intervención de este tipo. ¿Un ejemplo clarísimo? Muchas personas creen que algunas prácticas, como una lipoaspiración, pueden ser realizadas en un consultorio. Pero para una lipo tradicional se requiere indefectiblemente de un quirófano completo y equipado, además de un team médico completo, integrado por cirujano, anestesista y enfermera, como mínimo.
¿Entendés ahora por qué la “cirugía-ganga” da para desconfiar? Eleonora Guitart, de 35 años y dueña de una consultora de comunicación, ya pasó al menos por cuatro intervenciones estéticas. Ella lo resume así: “Si un médico me dice que va a operarme por la mitad de precio (o menos) de lo que me cobran los demás, automáticamente me inspira desconfianza. No olvidemos que uno pone su vida en manos de un cirujano”. ¿Cualés serían, entonces, las buenas señales que puede dar un profesional? “En mi caso, por ejemplo, me tranquilizó muchísimo la batería de análisis y controles que mi médico me mandó a hacer antes de la intervención. Además, se tomó todo con mucha calma. Yo fui apurada y con mil pretensiones. Quería que me operara en 15 días, y que en las lolas me pusiera implantes de 290 centímetros cúbicos. Él me dijo que no. Y lo bien que hizo, porque los resultados fueron excelentes”, reconoce Eleonora.
A María*, una estudiante de Derecho de 24 años, que se operó las lolas hace tres, lamentablemente no le fue tan bien. Lo terrible es que, en su caso, nada hacía prever el resultado adverso. “Mi mamá es médica y ella me recomendó a la cirujana, que además es miembro de la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica”, cuenta. ¿Qué le pasó? “Yo esperaba despertarme de la anestesia y ver una marcada diferencia en el tamaño de mis lolas, algo que justificara el dolor por el que tenés que pasar. Cuando vi que el volumen estaba intacto, me puse a llorar. Mi papá y mi novio, que estaban cuidándome, me explicaron que había surgido una complicación y que por eso me habían colocado prótesis de un tamaño menor a las que yo había elegido. Según la médica, al abrir vio que no había suficiente espacio para colocar los implantes y entonces mandó a pedir por delivery unas prótesis que eran cinco veces más chicas. Encima, como tardaron en traerlas, me tuvieron que pasar de anestesia local a general y quedé abierta más de cuatro horas. Ahora tengo el mismo talle 85, pero con dos cicatrices enormes. Mis lolas me generan más complejo que antes”, protesta María.
Academias Mala Praxis S.A.
¿Te acordás? Hace algunos años, la novia de un por entonces famoso conductor de televisión usufructuó la fama de su pareja para hacerse de un nombre y promocionar sus supuestamente maravillosos métodos de adelgazamiento. Y, si bien nunca llegó a presentarse como cirujana, sí decía ser doctora. Terminó detenida y procesada. Con el mismo desparpajo que ella, muchos otros se llenan los bolsillos afirmando ser eso que no son. ¿Esto también puede pasar con los cirujanos plásticos? Parece que sí. Él doctor Patané explica: “Desde lo estrictamente legal, cualquiera que tenga el título de médico puede realizar una cirugía plástica. Pero se trata de una especialidad, y el médico debería haberla cursado y aprobado”. El punto es que operarte con una persona no capacitada −sea o no profesional médico− te expone a ser víctima de eso que la ley define como “mala praxis médica”. Puede provocarte un daño físico o psíquico, por imprudencia, negligencia o impericia. ¿De qué se trata cada una de estas instancias? Cuando el médico se arriesga −supongamos que te pone un implante mayor del que acordaron y eso te trae inconvenientes−, se habla de imprudencia. Si él se desentiende de vos no bien termina la operación, hay un caso de negligencia. Y si no pone a tu disposición todos los recursos y saberes disponibles, puede haber impericia. ¿Entonces? La mejor manera de evitar la mala praxis es elegir profesionales idóneos, con experiencia. Y, también, con capacidad para entender cuál es el cambio que vos estás buscando y poder, llegado el caso, ponerte límites.
“Cuando veo a una mujer hiperoperada, con exceso de siliconas, puedo intuir detrás de ella a un profesional omnipotente, de esos que se prestan a ‘ darles el gusto’ a los pacientes en lo que sea”, afirma Korzín.
Para tener en cuenta
El especialista que elijas, además de tener hecha la carrera de Medicina, debe poder demostrarte que se especializó como cirujano plástico. No existe ninguna especialidad denominada “estética”: si un médico se define como “cirujano estético”, tus alarmas deberían encenderse. ¿Otro dato clave? Los diplomas. “Si uno tiene su título, su especialidad, sus seminarios hechos, lo más probable es que cuelgue los diplomas en el consultorio o en la sala de espera. Si no muestra esas certificaciones, ya de por sí da para sospechar”, consigna Patané. Blugerman aporta otro dato fundamental: “Tiene que tener un certificado de aval extendido por alguna universidad o el Ministerio de Salud de la Nación (o de la provincia de donde sea). De todos modos, la idea es que la paciente se sienta en libertad total de pedirle al médico que le muestre todas esas credenciales”.
Además de esto, Blugerman sugiere que pidas referencias a otras amigas tuyas que se hayan operado con él, ya que ellas podrán darte un panorama preciso de cómo es el especialista, más allá de sus títulos y certificados. Sospechá de esos que parecen querer “cerrar la operación” de inmediato, que ya desde la primera entrevista te prueban los implantes o te dan una probable fecha de intervención. Si el apuro siempre es mal consejero, en el caso de las cirugías plásticas es el peor asesor. Castro explica: “Hay baterías de análisis y de exámenes que demandan, al menos, 15 días entre que te los hacés y te entregan los resultados. Esos tiempos no se pueden precipitar. Además, el cirujano debe tener en cuenta cuál es el estado psíquico del paciente: no todo el mundo puede ser sometido a una operación de este tipo. Un médico entrenado y con cierta experiencia puede, en base a algunas conversaciones con ese paciente, saber si tiene que operarlo o si, mejor, lo manda a un psicólogo”.
También es importante que el especialista pertenezca alguna sociedad profesional, como la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica, Estética y Reparadora (SACPER) o la Sociedad de Cirujanos Plásticos de Buenos Aires (SCPBA), por ejemplo. Un médico puede ser cirujano plástico y no estar afiliado a ninguna de estas organizaciones, pero el hecho de que sí lo esté te garantiza algunas cosas con respecto a su formación. Entre otras, que está especializado en la materia, que está avalado por sus colegas y que, cada determinada cantidad de tiempo (“cinco años”, precisa Patané), revalida sus títulos ante sus pares. ¿Esto te “inmuniza” contra un mal final? Desde luego que no, pero sí es real que minimiza el riesgo y asegura algo tan crucial como la capacitación del médico que va a operarte.
* Para preservar la privacidad de los testimoniantes se cambiaron algunos nombres.
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